Pedro Alcaina, escultor
Los sutiles perfiles de un creador
Su vasta carrera creativa no tiene la trascendencia que merece una obra escultórica de una calidad estética superlativa
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En su taller del barrio de Caballito, amplio y sutilmente umbrío, alguna de sus esculturas asoman en medio de una escenografía donde se las intuye antes que se las destaca. Son, en su mayoría, rostros con inspiraciones antiguas, casi totémicas que emergen del mármol o se transforman a partir de una depurada técnica cerámica. Son perfiles donde las influencias del cubismo, entre otras corrientes contemporáneas evidentemente han dejado su huella. Están allí, como suspendidas en un plano intermedio, dado testimonios de toda una vida de creación de Pedro Alcaina, un talentoso artista plástico que en mucho se relaciona con su obra. Afable, cálido, se intuye, sin embargo, cierta tendencia a un perfil bajo que de alguna manera parece haber conspirado con una mayor difusión de una producción que bien exige mejores oportunidades y destinos. |
Junto con la pintora Patricia Indij titularizó en octubre una importante muestra en la Manzana de las Luces. Un eslabón más de una impresionante cadena de exposiciones individuales y colectivas donde obtuvo reconocimientos merecidos pero escasa trascendencia para una obra de calidad estética y expresividad artística más que elocuente. Ese camino comenzó a forjarse en los albores década del ’70 cuando un joven Pedro Alcaina, con una formación básica en dibujo y pintura, experimentó con la escultura cerámica con una legendaria maestra Mireya Baglietto y la tradicional en mármol con los no menos talentosos Ramón Castejón y Ernesto Pesce.
Con esa sólida formación apuntalando un espíritu creativo ansioso por la búsqueda de una identidad artística propia, Pedro inició una carrera que lo ha colmado de satisfacciones como haber sido becado para trabajar en el emblemático Sargadelos (España) o como saber que sus obras integran colecciones privadas no sólo en la Argentina sino también en Chile, Brasil, Alemania, España, Estados Unidos, Italia, México y hasta Finlandia. El mármol es su material favorito, lo mismo que la piedra roja de Misiones que le ha permitido plasmar algunos de sus esculturas más apreciadas. Pero el espíritu inquieto de Alcaina también lo ha llevado a dejar su sello inconfundible en murales y en piezas de vitrofusión y de rakú, una técnica cerámica en la que también incursionado con innegable autoridad.
Rostros y cuerpos humanos de armonía asimétrica, recreación de una realidad que el artista intuye y reconstruye con la esencia mítica de sus propios sueños, la obra de este escultor está cargada de mensajes ocultos, de una sensibilidad extrema y de una pasión que emerge con potencia y que ofrece otra visión de la personalidad de este maestro que, en las sombras de su taller, se lo adivina paciente y empeñoso a la hora de enseñar a sus discípulos las técnicas de un arte poderoso.
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