José Sosa, herrero y vitralista -
Una cuestión de hierro
Desde su oficio de herrero se vinculó con artistas del vidrio. El resultado es una síntesis escultórica de espléndidos contrastes.
|
En su taller, en la frontera imprecisa entre Barracas y La Boca, cuelgan, a modo de cuadros de extraña composición, una serie de esculturas realizadas en hierro pulido y vidrio. Son formas y figuras enigmáticas, casi simbólicas, con las que José Sosa resolvió recrear su particular versión de los doce signos del zoodiaco. Tienen una inusual belleza casi primitiva, una fuerza expresiva notable y por sobre todo una calidad de realización de prueba que su autor conoce a fondo los secretos para modelar y soldar metales, fundir el vidrio y obtener un resultado que conmueve por esa amalgama de frialdad y calidez; de solidez y fragilidad que trasmiten elementos tan diferentes. Ahora no lucen alineados sobre la pared débilmente iluminados por el atardecer desangelado de un invierno que resiste su despedida, pero quizá pronto tengan un mejor destino en un salón de exposiciones donde este artista-herrero sueña con mostrar los últimos frutos de su imaginación poderosa. |
Esa imaginación, esa sensibilidad que le permite diseñar y confeccionar esas esculturas y otras, de formas y talla diversa, estalló casi por casualidad en este herrero de profesión que de pronto descubrió que con el metal que más ama podía expresarse con un lenguaje artístico tan intuitivo como sutil. Fue un encuentro con su entonces vecino, el eximio vitralista Carlos Herzberg, el que le ofreció inesperadamente la posibilidad. José Sosa había optado por el oficio de herrero durante su adolescencia en su natal Olavarría, con una inevitable salida laboral con la que desde entonces se ganó esforzadamente la vida. Pero Herzberg le ofreció ocuparse de los soportes en los que montaba sus propias esculturas y de esa casual asociación surgió el interés de José por la vitrofusión y el vitraux. Todavía recuerda con orgullo una cúpula vidriada que compusieron para el mítico maestro platero de San Antonio de Areco, Juan José Draghi, o una obra montada en la plaza Naciones Unidas después de un azaroso recorrido por otros rincones de la ciudad.
|
Casi anónimo comenzó a confeccionar estructuras también para los alumnos de Herzberg y a descubrir la posibilidad de asociar el vidrio al metal en forma menos funcional y más armónica. La crisis del 2001 lo llevó a Barcelona y a un contacto más estrecho con artistas y artesanos de otras latitudes y a un conocimiento más profundo de expresiones vanguardistas del Viejo Mundo. Allí comenzó a experimentar –en los ratos libres en los que no realizaba tareas de herrero- con los vitrales y las esculturas donde los elementos se hermanan en una asociación tan bella como indestructible. Mitos y leyendas antiguas, símbolos de civilizaciones desaparecidas le han servido desde entonces como fuente inagotable de inspiración para sus propias obsesiones, para que su creatividad florezca con una vitalidad inusitada. Pero José no se queda allí. Quiere además enseñar todo lo que sabe sobre el trabajo en ese metal tan noble que le permitió llegar tan lejos y se queja por el aparente desinterés en este oficio tan antiguo y necesario para el hombre, que se va extinguiendo lentamente como el fuego de una fragua que no se alimenta lo suficiente. |
Como el sumo sacerdote de un rito casi olvidado, como esos donde abreva su creatividad, él custodia celosamente los secretos de esa metalurgia primordial que está dispuesto a transmitir como si fuera parte de un legado iniciático. Sería magnífico que lo consiguiera. |